La Casa de Asterión, Jorge Luis Borges
Me encuentro a gusto en el laberinto del Minotauro, aunque a veces sospecho que el Minotauro soy yo. No sé si llegué aquí por accidente o si fui construyendo los muros sin darme cuenta, cerrando cada pasillo con una resignación disfrazada de costumbre. A algunos les daría claustrofobia, pero yo le he tomado cariño a la penumbra, a la certeza de no tener salida. Y sin embargo, de vez en cuando me invento una, la trazo con el dedo en la pared y, por un instante, la cruzo. Salgo a la superficie, me mezclo con la gente, observo sus gestos, sus formas de llenar el vacío con palabras y ruido, y cuando el aire empieza a pesarme, regreso corriendo a mi laberinto. Demasiada luz lastima los ojos.
Desde aquí escribo, con la cabeza apoyada en la cama que he moldeado a mi medida, en la exactitud de esta soledad que es menos un castigo y más un pacto. La noche cae y, con ella, la inspiración se filtra por las grietas, se sienta a mi lado, me cuenta historias. La dejo hacer, la dejo quedarse. Nos entendemos bien en la penumbra, en la intimidad de lo no dicho. Afuera todo sigue su curso: el tráfico, los relojes, los cafés que se enfrían. Yo prefiero quedarme en este rincón donde el tiempo es maleable y la vida no exige explicaciones.
A veces me pregunto si alguien más ha encontrado el camino hasta aquí, si en algún rincón del laberinto hay otra sombra que también se sienta a escribir en las madrugadas. Quizá nunca lo sabré. Quizá, si escucho bien, entre el eco de mis propios pasos, encuentre la respuesta.
Creo que este es un relato escrito como una oda a la soledad. Asterión no sabe si está encerrado o si el mundo es demasiado pequeño para él. Así se siente la soledad. Se pasea por su laberinto como si cada pasillo fuera una extensión de su propio pensamiento, como si al doblar una esquina pudiera encontrarse a sí mismo en otra versión, otro tiempo. Lo que todos buscamos o quizás así lo siento yo. La soledad no le pesa, porque la ha convertido en un ritual, en una amiga: correr sin rumbo, inventar juegos donde él es el único jugador, repetir nombres que no significan nada hasta que le parecen proféticos. Dice que no necesita a nadie, pero espera. Siempre espera.
Se cuenta historias sobre sí mismo, se convence de que su existencia tiene un propósito, de que el laberinto no es una prisión, sino un universo diseñado solo para él. Y, sin embargo, en medio de tanta inmensidad, se cuela una grieta de duda. ¿Y si alguien más viniera? ¿Y si allá afuera hubiera algo distinto? Pero Asterión no abre puertas, solo las imagina. No escapa, solo se repliega en sus pasillos. Se ha convencido de que su destino está escrito, aunque no entienda en qué idioma.
Cuando finalmente llega el visitante, Asterión lo recibe sin miedo, sin sorpresa. Lo ha estado esperando desde siempre, sin saberlo. Hay un instante de reconocimiento antes del final, una revelación que no tiene palabras, solo el filo de una espada. No grita, no huye. Quizás, por primera vez, entiende. O tal vez no.

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