La Casa de Asterión, Jorge Luis Borges Me encuentro a gusto en el laberinto del Minotauro, aunque a veces sospecho que el Minotauro soy yo. No sé si llegué aquí por accidente o si fui construyendo los muros sin darme cuenta, cerrando cada pasillo con una resignación disfrazada de costumbre. A algunos les daría claustrofobia, pero yo le he tomado cariño a la penumbra, a la certeza de no tener salida. Y sin embargo, de vez en cuando me invento una, la trazo con el dedo en la pared y, por un instante, la cruzo. Salgo a la superficie, me mezclo con la gente, observo sus gestos, sus formas de llenar el vacío con palabras y ruido, y cuando el aire empieza a pesarme, regreso corriendo a mi laberinto. Demasiada luz lastima los ojos. Desde aquí escribo, con la cabeza apoyada en la cama que he moldeado a mi medida, en la exactitud de esta soledad que es menos un castigo y más un pacto. La noche cae y, con ella, la inspiración se filtra por las grietas, se sienta a mi la...
Un ojo que lee y otro que no.