The Catcher in the Rye, J.D. Salinger
"Tengo una canción de cumbia seguida de una de rock en la lista. Todo se resume en el contraste. En no saber qué hacer con la razón y el sentimiento, por ejemplo. Porque no existe más que ver los opuestos e intentar combinarlos, o escoger uno un día y el otro al siguiente. Pero, al final, hasta nosotros somos parte del círculo en contraste. Tenemos una mano que escribe y otra que no.
Los iluminados son otros: aquellos que con ambas manos hacen de todo. Pero pocos son ellos, y nosotros somos más. No nos desanimemos; algún día llegaremos a equilibrarnos por dentro y podremos hacer malabarismos con cinco huevos usando esa mano inútil.
Los dos extremos siempre son como una mesa de ping pong en la cual la pelota se extravió hace mucho. Supongamos que ahora tenemos una mesa de billar con todas las bolas blancas, y que solo hay que golpear una: la única roja, la que lleva un símbolo de infinito. Esa es la que hay que meter; las demás se quedan como estrellas en el firmamento, suspendidas sobre esa tela verde.
La gente confunde la ambigüedad con el contraste, y no entiendo por qué lo hacen. Esa fémina incierta no es más que un cuerpo asexual y hermafrodita que va por ahí sin saber a dónde, con quién ni para qué. Pero, verdaderamente, enterarse de que se está en alguno de los dos extremos es inevitable.
Por eso siempre hay que condicionar. Condicionar la luz y la oscuridad. Condicionar el frío y el calor, el sentimiento y la razón, el amor y el odio. Condicionarlo todo, agregando calidez y quitando sombras. Filtrar, filtrar, filtrar.
Es ahí donde recae la belleza del contraste, de los contrarios. Un café de noche no es lo mismo que la cafeína por la mañana. Por las noches, el café es melancólico y nostálgico, como si su función se tornara del mismo color que su cuerpo: moreno, contrario al agua que lo fundamenta.
Así que, ¿a quién le importa si tengo una canción de marimba seguida de una de folk en la lista de esta noche? ¿A quién le importa?"
Holden Caulfield no se detenía a cuestionar los opuestos, más bien los despreciaba. Era de esos que se alimentan del ruido interno y de los desencuentros que provoca el mundo cuando lo miras de frente, sin filtros. Todo en él parecía reducirse a una guerra sin tregua contra la falsedad y una búsqueda casi enfermiza por encontrar algo, o a alguien, que no apestara a mentira. Tal vez por eso siempre iba con las manos en los bolsillos, como si estuviera escondiendo algo más que el frío. Holden era esa mesa de ping pong de la que hablo, la que lleva años sin pelota, pero con la idea absurda y persistente de seguir buscándola, aunque nunca la encuentre.
Había algo en él que vibraba con eso del contraste que no dejo de mencionar. Holden quería dominar los opuestos, pero siempre acababa atrapado entre ellos. Su mundo era como una bombilla parpadeando, un lugar donde no había luz suficiente para iluminar, pero tampoco oscuridad completa para descansar. Todo lo que tocaba terminaba acumulándose como esos libros que se amontonan en un estante que amenaza con venirse abajo. Pero el caos no era su enemigo; era su equilibrio. La cuerda floja sobre la que se movía con torpeza, tambaleándose, pero sin caer del todo. Y creo que eso es lo que lo mantenía despierto hasta altas horas de la noche, con el insomnio como único confidente.
Al final, Holden Caulfield no era más que un espejo de los que tenemos cumbia y rock en la misma lista, de los que escribimos con una mano mientras la otra se queda quieta, mirando desde la distancia. Somos los que intentamos hacer malabares con lo que somos y lo que no, los que nos dejamos tragar por el contraste, buscando lo genuino entre los escombros de nuestras contradicciones. Quizá él también andaba detrás de esa bola roja con el símbolo de infinito, mientras las demás quedaban quietas, como testigos mudos de que la búsqueda, más que el hallazgo, es lo que lo mantenía en pie.

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