El Lobo Estepario, Hermann Hesse Sentirse alienado es un verbo. Uno que no se dice, que no se pronuncia, pero que se vive como una rutina involuntaria, como un parpadeo que nunca deja de pasar. El sol empieza a salir, y la jaula no desaparece, solo se ilumina. Es un teatro cruel, como si la luz quisiera recordarte que estás ahí encerrado, que el mundo sigue girando mientras tú sigues aquí, estático, desarmado. ¿Y qué más hay? No hay verdades absolutas. Solo un ruido constante, incandescente, que ocupa cada rincón de la mente. Y ese ruido es mi único absoluto. Mi punto de fuga. Mi frontera. Es curioso cómo ese ruido no deja de ser todo y nada al mismo tiempo. No tiene forma, pero pesa. No tiene cara, pero te mira fijo, te desafía a intentar descifrarlo. No hay nada que entender, pero uno se empeña en buscar algo entre las grietas. Como si hubiera algo escondido en esa confusión, en ese eco, algo que al final del día quizá ni siquiera importe. Porque no hay claridad, no hay certeza...
Un ojo que lee y otro que no.