La Casa de Asterión, Jorge Luis Borges Me encuentro a gusto en el laberinto del Minotauro, aunque a veces sospecho que el Minotauro soy yo. No sé si llegué aquí por accidente o si fui construyendo los muros sin darme cuenta, cerrando cada pasillo con una resignación disfrazada de costumbre. A algunos les daría claustrofobia, pero yo le he tomado cariño a la penumbra, a la certeza de no tener salida. Y sin embargo, de vez en cuando me invento una, la trazo con el dedo en la pared y, por un instante, la cruzo. Salgo a la superficie, me mezclo con la gente, observo sus gestos, sus formas de llenar el vacío con palabras y ruido, y cuando el aire empieza a pesarme, regreso corriendo a mi laberinto. Demasiada luz lastima los ojos. Desde aquí escribo, con la cabeza apoyada en la cama que he moldeado a mi medida, en la exactitud de esta soledad que es menos un castigo y más un pacto. La noche cae y, con ella, la inspiración se filtra por las grietas, se sienta a mi la...
El Lobo Estepario, Hermann Hesse Sentirse alienado es un verbo. Uno que no se dice, que no se pronuncia, pero que se vive como una rutina involuntaria, como un parpadeo que nunca deja de pasar. El sol empieza a salir, y la jaula no desaparece, solo se ilumina. Es un teatro cruel, como si la luz quisiera recordarte que estás ahí encerrado, que el mundo sigue girando mientras tú sigues aquí, estático, desarmado. ¿Y qué más hay? No hay verdades absolutas. Solo un ruido constante, incandescente, que ocupa cada rincón de la mente. Y ese ruido es mi único absoluto. Mi punto de fuga. Mi frontera. Es curioso cómo ese ruido no deja de ser todo y nada al mismo tiempo. No tiene forma, pero pesa. No tiene cara, pero te mira fijo, te desafía a intentar descifrarlo. No hay nada que entender, pero uno se empeña en buscar algo entre las grietas. Como si hubiera algo escondido en esa confusión, en ese eco, algo que al final del día quizá ni siquiera importe. Porque no hay claridad, no hay certeza...